La enciclopedia de las brujas
Escrito por Administrator   
domingo, 17 de abril de 2016
 
No sabe entretenerse con juguetes. O, más bien, no los usa “como se debe”; así le dice la madre, cuando ve las tacitas del juego de té de plástico rosa convertidas en casitas para duendes hechos con cáscaras de nueces y escarbadientes. O a las piezas del ajedrez con puertas y ventanas pintadas con témperas y dispuestas alrededor de una plaza de cartulina verde, formando un pintoresco pueblo por el que se pasean transeúntes sospechosamente parecidos a las tapitas de los marcadores nuevos.
En la escuela, desconcierta a todos porque hace todo “al revés”: estudia gordísimos libros en los recreos y se la pasa dibujando durante las horas de clase. Sin embargo, contra todo pronóstico, tiene excelentes calificaciones, cosa que desconcierta a todas las maestras.
Sus padres se preocupan y consultan a psicólogos, psicopedagogos y hasta a una astróloga. Los psicólogos rastrean traumas que no encuentran, los psicopedagogos miran las calificaciones de la niña y dicen que no tiene ningún problema. La astróloga le augura un porvenir desafiante, pero no dice nada sobre su presente y, cuando los padres insisten en saber, ella baja los ojos y se niega a seguir hablando.
Finalmente se dan por vencidos: optan por concluir que es una niña demasiado inteligente, cosa que es verdad, y se lamentan por las dificultades que su inteligencia le pueda acarrear en su vida social.
A ella, en cambio, la vida social le resulta de lo más divertida. Tiene amigos en todas partes, y aunque se pelea con muchos por su insistencia en seguir sus propias reglas al jugar, todos la quieren y admiran porque les enseña a patinar sin patines, a saltar sogas invisibles, a trepar a los árboles sin caerse jamás, a enamorar a ese compañero de banco arisco o a esa vecina tímida.
Por las noches, cuando todos duermen, ella se entretiene dibujando sombras en el techo y convocando a fantasmas que tengan ganas de jugar con ella.
Desde una silla, con sus ojos vacíos, una muñeca la mira, resignada a que la niña bruja nunca jugará con ella “como se debe”. Y eso la inunda de una cosquilleante ansiedad.
Autora: María Inés Linares
Ilustración: Leo Batic
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