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Cuentos mínimos...PEP BRUNO
lunes, 08 de junio de 2015
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Poema para jugar a la rayuela...Cecila Pisos
lunes, 08 de junio de 2015
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Ternuras mañaneras
lunes, 18 de mayo de 2015

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_ ¿Qué te gusta comer en el comedor?

A mí me encantan las troquetas.  Lo que no me gusta es la comida de colores , esa que no se cocina ni nada.

_ ¿Comida de colores?

Es comida cruda. A ver como se llama…Ah, ya me acuerdo: La ensalada

 

_ ¿Nos vas a llevar al gimnasio, Alicia? Y ¿Nos vas a hacer un tobogán con las choconetas?

 

_ Mi amiga y yo nos vamos a ir este fin de semana a Las Canteras

¿ Con los papás?

_ No, nosotras solas, sin más personas humanas. Bueno, también va mi primo pero va de vigilante.

 

_ Yo estuve de vacaciones en Los Palmitos Park

¡Qué bien!  Y ¿vistes muchos animales?

_ SI, pero los leones también estaban de vacaciones y no los vi.

 

 _ ¡Mira! Una piña en el suelo, toda mojadita, Con el frío que hace. ¡Cógela y la ponemos dentro en una cesta!

¡Déjala Alicia! Ya está muerta.

 

_  Y  tu abuelo ¿qué hace ahora?

Mi abuelo es un recoge.miel

 

-Alicia, mis padres me van a cortar las piernas…

¿Cómo? Ay, pobrecita. Yo no quiero que te corten las piernas

-¡Noooooo! A mi no, a mi cama, Es que es muy alta y no me puedo subir.

 
Como si el ruido pudiera molestar...Gustavo Roldán
domingo, 17 de mayo de 2015

ImageFue como si el viento hubiera comenzado a traer las penas. Y de repente todos los animales se enteraron de la noticia. Abrieron muy grandes los ojos y la boca, y se quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir.

Es que no había nada que decir.

Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el viento se quedó quieto, dejó de ser viento y fue un murmullo entre las hojas, dejó de ser murmullo y apenas fue una palabra que corrió de boca en boca hasta que se perdió en la distancia.

ahora todos lo sabían: el viejo tatú estaba a punto de morir.

Por eso los animales lo rodeaban, cuidándolo, pero sin saber qué hacer.

—Es que no hay nada que hacer —dijo el tatú con una voz que apenas se oía—. Además, me parece que ya era hora.

Muchos hijos y muchísimos nietos tatucitos miraban con una tristeza larga en los ojos.

—¡Pero, don tatú, no puede ser! —dijo el piojo—, si hasta ayer nomás nos contaba todas las cosas que le hizo al tigre.

—¿Se acuerda de las veces que lo embromó al zorro?

—¿Y de las aventuras que tuvo con don sapo?

—¡Y cómo se reía con las mentiras del sapo!

Varios quirquinchos, corzuelas y monos muy chicos, que no habían oído hablar de la muerte, miraban sin entender.

—¡Eh, don sapo! —dijo en voz baja un monito—. ¿Qué le pasa a don tatú? ¿Por qué mi papá dice que se va a morir?

—Vamos, chicos —dijo el sapo—, vamos hasta el río, yo les voy a contar.

Y un montón de quirquinchos, corzuelas y monitos lo sigueron hasta la orilla del río, para  que el sapo les dijera qué era eso de la muerte.

Y les contó que todos los animales viven y mueren. Que eso pasaba siempre, y que la muerte, cuando llega a su debido tiempo, no era una cosa mala.

—Pero don sapo —preguntó una corzuela—, ¿entonces no vamos a jugar más con don tatú?

—No. No vamos a jugar más.

—¿Y él no está  triste?

—Para nada. ¿Y saben por qué?

—No, don sapo, no sabemos...

—No está triste porque jugó mucho, porque jugó todos los juegos . Por eso se va contento.

—Claro —dijo el piojo—. ¡Cómo jugaba!

—¡Pero tampoco va a pelear más con el tigre!

—No, pero ya peleó todo lo que podía. Nunca lo dejó descansar tranquilo al tigre. También por eso se va contento.

—¡Cierto! —dijo el piojo—. ¡Cómo peleaba!

—Y además, siempre anduvo enamorado. También es muy importante querer mucho.

—¡Él sí que se divertía con sus cuentos, don sapo! —dijo la iguana.

—¡Como para que no! Si más de una historia la inventamos juntos, y por eso se va contento, porque le gustaba divertirse y se divirtió mucho.

—Cierto —dijo el piojo—. ¡Cómo se divertía!

—Pero nosotros vamos a quedar tristes, don sapo.

—Un poquito sí, pero... —la voz le quedó en la garganta y los ojos se le mojaron al sapo —. Bueno, mejor vamos a saludarlo por última vez.

—¿Qué está pasando que hay tanto silencio? —preguntó el tatú con esa voz que apenas se oía—. Creo que ya se me acabó la cuerda. ¿Me ayudan a meterme en la cueva?

Al piojo, que estaba en la cabeza del ñandú, se le cayó una lágrima, pero era tan chiquita que nadie se dio cuenta.

El tatú miró para todos lados, después bajó la cabeza, cerró los ojos, y murió.

Muchos ojos se mojaron, muchos dientes se apretaron, por muchos cuerpos pasó un escalofrío.

Todos sintieron que los oprimía una piedra muy grande.

Nadie dijo nada.

Sin hacer ruido, como si el ruido pudiera molestar, los animales se fueron alejando.

El viento sopló y sopló, y comenzó a llevarse las penas. Sopló y sopló, y las nubes se abrieron para que el sol se pusiera a pintar las flores. El viento hizo ruido con las hojas de los árboles y silbó entre los pastos secos.

—¿Se acuerdan —dijo el sapo— cuando hizo el trato con el zorro para sembar maíz?

 
Recuerdos desde la distancia...Irene Quintana
martes, 19 de mayo de 2015

ImageLa última vez que estuve en Santa Brígida fue el cinco de enero de este año. Una noche mágica para despedirse hasta la próxima del lugar que me vio crecer como una niña feliz y orgullosa de formar parte de él. Aquella noche los niños – a los que ya no reconozco- veían con brillo en los ojos cómo tres pajes y sus respectivos camellos iban a paso lento por las calles hasta llegar a la plaza de la iglesia, donde tres tronos y Manolo Santana les esperaban para lanzar sus sueños al cielo en forma de globos. Una noche mágica, aunque tal vez no tanto, ya entenderán por qué.

                Desde pequeña yo viví más en casa de mi abuela, en la calle Castelar, que en mi propia casa. Allí, justo a dos pasos, tenía la biblioteca, donde Ana Déniz aguardaba para recomendarme algún libro. Detrás, en la calle principal, estaba el cine, en el que cada año actuaba con el grupo de teatro de mi madre, Alicia Ramos y con el ballet de Miguel Montañez. El teatro, sobre todo, fue lo que llenó de vida mis días. Compañeros que se volvieron los amigos con los que fingía ser otra cosa y hacíamos pasar un rato agradable y divertido a la gente del pueblo. El cine se llenaba hasta los topes. Era increíble y reconfortante. Yo confieso que al salir nos sentíamos como estrellas de Hollywood. Después de actuar nos íbamos todos al California a celebrarlo con unas pizzas Margaritas.

                El verano era, para cualquier niño, una etapa del año maravillosa. Para mí era, además, emocionante. Yo tengo la enorme suerte de que mis padres siempre han sido personas muy participativas, implicadas en el pueblo. Nosotros formamos parte de la Asociación Patronal de Fiestas El Repique. Nunca olvido los días en los que tocaba poner banderas. Días enteros con el camión de Piqui Rodríguez recorriendo el pueblo y llenándolo de colores. Las fiestas se acercaban. Nosotros ya éramos una fiesta. Juan Ramón y Elba y su excepcional arte montando los decorados, creando murales. Paco Ramos y sus obras de teatro en la plaza de la iglesia. Carlitos el zapatero siempre sacándonos una risa, Neli Ventura y su dulzura –no solo por sus mouse de chocolate-. Wilfredo, que cuando había que trabajar en la plaza era clave para el café de las 4. Yo era feliz cada jueves por la noche, mientras mis padres se reunían con todos los demás al lado de la iglesia. Porque jugué, junto a los hijos de todos, junto a los que fueron mis compañeros y amigos de infancia. Fui realmente feliz.

                El pueblo, desde el año 2000, sonaba diferente. Si caminabas un poco, hasta la iglesia, podías oírlo e incluso verlo. Aquel año era raro el habitante del pueblo que no se hiciera con un geranio en la calle Tenderete y, gracias a eso, conseguimos poner a la torre de la iglesia sus mejores galas. Le compramos unas campanas nuevas y, por si echaba de menos las viejas, se las dejamos en la plaza recordándole que fuimos nosotros quienes lo hicimos. Hasta TVE vino a escuchar el nuevo sonido de Santa Brígida.

                No puedo evitar acordarme ahora de la noche más mágica que viví en Santa Brígida. Fue la noche del 5 de enero, aunque no recuerdo de qué año. El antiguo aparcamiento se convirtió en un enorme escenario donde una estrella fugaz (Patricia Rivero), Nefertiti (Alicia Ramos) y Manases (Rafa Martín) me conmovieron hasta lo más profundo bajo la dirección de Miguel Martín. Desde allí, fui corriendo hasta la iglesia, adelantándome a la cabalgata, para esconderme bajo la cuna del niño Jesús. Lo arrastré hasta afuera para terminar la actuación y desde allí abajo, escondida, sentí orgullo y sentí que formaba parte de la magia de la navidad en Santa Brígida.

                Con el paso de los años, Santa Brígida ha ido creciendo hacia abajo. Lo que antes era un palmeral abandonado donde a veces ponían el circo, ahora era una urbanización que tardaba en coger vida. Las últimas veces que visité el pueblo, parecía haber más vida allí que en la calle Tenderete. Poco a poco, tiendas y bazares que siempre habían sido el motor que bombeaba la sangre del municipio, habían ido desapareciendo. Por suerte, creo que Maru sigue teniendo la receta mágica. Aún me acuerdo, el 1 de enero del año 2000, fui corriendo con 1 euro y le pregunté – Maru, ¿con 1 euro me da pa un bollicao? Y al lado, el herbolario parecía que se iluminaba con las sonrisas y generosidad de Chicha y Sonia. Tampoco olvido los dulces de Los Ángeles, ni las deliciosas pizzas de Cachitos. Ester, decidiendo desde Liquen cuando empezaba la navidad. El mercadillo, donde cada domingo rogaba a mi padre 100 pesetas para ir corriendo al puesto de Pulido a por un huevo Kinder.

                Mi pueblo no era solo un lugar donde miles de personas cohabitaban. Mi pueblo eran personas y cada una de ellas tiene un nombre. Cada una de las personas de Santa Brígida hicieron de ella el lugar perfecto donde crecer y ser feliz, donde crear recuerdos que algún día contaré a mis hijos. Sin embargo, llegado un punto de mi vida en que tuve que tomar decisiones, Santa Brígida ya no era una opción. Era solo un lugar al que decirse adiós. Cada vez que visitaba el casco solo veía recuerdos, ya no veía personas, apenas veía vida.En el centro del pueblo hay un monstruo que se lo está comiendo todo. Me fui y viví cuatro años en Tenerife, donde estudié Periodismo. Hace unos meses, me volví un poco más valiente y me alejé un poco más. Me vine a Inglaterra, intentando aspirar a un futuro que las políticas injustas en mi país me robaron. Un futuro de éxito, de almuerzos familiares y de recuerdos que ahora estarán volando con la fuerza de los alisios.

                Santa Brígida es grande y yo lo sé. Tal vez sean sus ciudadanos quienes deban recordarlo. La historia siempre es el empujón que hace falta para que recordemos quienes somos, para que despertemos del letargo. Por eso en esta carta he querido regalarles mis mejores recuerdos, porque he formado parte- aunque sea un poco- de la historia reciente de este municipio. A Santa Brígida y a los satauteños les queda mucha historia, sería interesante que a partir del próximo domingo sea un poco más atractiva para los jóvenes, alentadora para los comercios. Deseo de verdad que la cultura vuelva a ser una vitamina para un pueblo anémico. Desde aquí te susurro, te grito, Santa Brígida ¡Despierta!

 
Tiempo de reciclar
domingo, 17 de mayo de 2015
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Grandes dudas,,, Maria ALICIA Esain
domingo, 17 de mayo de 2015

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¿Cómo es la primavera de las brujas?
¿Es verdad que el miedo las desdibuja?
¿Que se vuelven transparentes y aburridas
cuando ven las margaritas florecidas?
¿Que se van con los dragones a sus cuevas
si aparecen en las plantas hojas nuevas?
¿Que si cantan zorzales los espantan?
¿Que si vuelan calandrias ellas no arrancan?
Se quedan sin escobas… ¡Aturdidas y solas!
¡Pobres brujas, tan malas y espantosas
que cuidan las espinas, no las rosas!
Los duendes las ahuyentan, las hadas hacen cuentas:
¡Mejor la primavera esplendorosa que tanta bruja suelta!

 
Eme de Rita
domingo, 17 de mayo de 2015
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