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Escrito por Administrator   
viernes, 02 de mayo de 2014

ImageSoy José Luis Álamo Suárez. Nací en el Valle de Agaete el 27 de junio de 1941, víspera de la Fiesta de la Rama y antevíspera de la Fiesta de San Pedro. Mi Padre: Pedro Álamo Armas, maestro albañil. Me enorgullecía de sus obras en Imageel Pueblo, como la de los muros de contención en el Barranco Grande, en las Cuevecillas. Mi madre: María Antonia Suárez García, única hermana de siete hermanos varones. Somos diez hermanos, de los que soy el penúltimo. Podría considerarse que somos tres hermanos mayores, cuatro hermanas y tres hermanos menores. Mi hermana, la mayor, estudió magisterio. Los tres hermanos mayores estuvieron mucho tiempo trabajando para ayudar a la familia. Así como mis hermanas cooperaban con mi madre en las tareas del hogar. De las 4 hermanas dos pertenecen a una orden religiosa y de los seis varones los tres menores nos hicimos curas, a lo que renunciamos hace tiempo. El nombre familiar de los cuatro menores era: Ita a Teresa, Ico a Perico. I a Pepe Luis (mi nombre) y Niño a Alejandro , el más pequeño

Actualmente estoy casado con Hilda Armas Reboso. No tenemos hijos. De haberlos tenido hubieran tenido los mismos apellidos que mi Padre: Álamo Armas.  Sociólogo, jubilado. Militante del Nacionalismo Progresista desde principios de los setenta. Concejal de Nueva Canarias en el Ayuntamiento de Santa Brígida, a lo que actualmente dedico la mayor parte de mi tiempo, así como un poco de tiempo también a difundir el testimonio de Secundino Delgado; también me ocupo algo en tareas del campo, manteniendo el contacto con la tierra.Y a algunos libros, principalmente de información y literatura canaria. Los ratos de ocio son de solitarios de baraja, sudoku, y cine o futbol televisivo, así como algún partido de envite con amigos de Sataute.

Cuando la Señora Alicia Ramos me propuso una encuesta sobre mi infancia me quedé algo sorprendido: con todo lo que he escrito en mi vida hasta el presente, no me había pasado por la cabeza una reflexión sobre mi infancia. A partir de ese momento, hace unos dos meses, empecé a buscar recuerdos de mis primeros años. Al principio de esta reflexión, encontraba muy pocos. Ahora ya he logrado acumular unos cuantos. Antes de contestar las preguntas de Alicia, prefiero relatar todos los recuerdos que ahora mismo tengo apilados en mi memoria. Cuando termine esta tarea, contestaré la encuesta.

ImageVoy a dar a mi memoria sobre mi infancia el límite temporal de los 11 años iniciados, que fue cuando comencé primer curso de bachiller. Fue, además, la primera vez que salí del Valle para estudiar en Las Palmas. Es decir, mi infancia transcurre totalmente en el Valle de Agaete; lo más lejos que estuve de mi casa fue el Pueblo de Agaete, el Casco en casa de los familiares de mi padre y el Puerto de Las Nieves. Mi vida transcurría todos los días en el caserío de San Pedro, donde estaba la casa; en La Vecindad de Enfrente, donde estaba la escuela; en las fincas de La Laja y La Peña, donde había familiares por parte de mi madre; y en Los Berrazales, donde estaba mi abuela, la madre de mi madre y de los tíos encargados del Hotel Guayarmina, de su propiedad.Muchos de mis recuerdos se ubicarán en estos espacios concretos.

Creo que puedo decir que es mi primer recuerdo el que relato a continuación: Me observo ahora y me veo allí sentado, con los pies cruzados bajo las nalgas, en la esquina del poyo de la cocina. Estaba oscureciendo. Como de costumbre, allí estábamos todos reunidos junto a mi madre que preparaba la cena. No recuerdo que estuviera mi hermano, el más pequeño, tres menos que yo. De pronto entró una de mis hermanas que venía de las huertas y anunció que la cabra había muerto, Todos empezamos enseguida a llorar, supongo que por pena y por la leche que aportaba a una casa de Imageescasos recursos. La casa tenía un patio  y con frecuencia, mi madre tendía en el suelo un mantel grande, hechos con sacos de papas, y allí nos ponía la comida, generalmente potaje. Algunas veces comíamos claras de huevo fritas y asaduras que no se gastaban en el Hotel. Cuando terminábamos de cenar, rezábamos el rosario. Pero mi madre se dormía antes de terminarlo. Pasado un poco de tiempo, alguien de nosotros decía ¡má! Y mi Madre en seguida continuaba su rezo (santamariamadrededios) acompañado de las rizas burlonas de sus hijos. Había un horno, donde se hacía pan por navidad y por las fiestas de San Pedro, el Patrono del Pueblo. Este pan era redondo y grande y se le ponía también un poco de aceite para que durase una semana o más; si el pan se ponía mohoso, se le quitaba esa parte y lo seguíamos comiendo. La carne no era producto de nuestra mesa; tan sólo carne de gallina alguna vez en el año y carne de paloma o conejo cuando tío Remigio los traía de la caza.

Mi madre, aun siendo nosotros muy niños, ya nos había asignado un trabajo. El más pequeño no, porque era el niño pero, entre los tres siguientes, Teresa Perico y yo, teníamos que realizar, por turno, las tres tareas siguientes: barrer los patios, fregar la loza y traer la leche desde una finca lejana. Esta última tarea era la más dolorosa: en mi caso, como caminaba descalzo y los caminos eran pedregosos, tropezaba y se nos descoronaban los dedos de los pies. También recuerdo que acompañaba a mi hermana María a los tomateros que estaban en Los Llanos, en el Lomo Los Santos, en una herencia de los abuelos paternos, alejada de casa. Mi aportación laboral sería muy poca, pero mi compañía le servía Imagede mucho: Aunque también allí había otros primos, en la parte de su herencia, de manera que nos podíamos ayudar y acompañar. Al mediodía preparábamos algo de comer en la horilla del huerto. Al principio, era invierno todavía, sólo comíamos gofio amasado con agua de la acequia de riego y acompañando el conduto, que era un poquito de queso, o aceitunas, o una sardina salada o unos pocos higos pasados. Cuando, junto a los tomateros crecían otras verduras que habíamos plantado, hacíamos algo con un caldero y leña que reuníamos en los derredores; inicialmente, caldo macho que era sólo agua hervida con hojas de cebolla y cilantro, algunas semanas después con algunas hojas de col de orilla y, cuando ya habían crecido, el potaje o caldo papas se hacía añadiendo piñas, papas, calabacín o calabaza. Ya entonces sí era una buena comida. Era el tiempo de la recolección del tomate, bien metidos en el primer semestre. Teníamos que esperar a que llegara el camión que transportaba lo recolectado aquel día. Una tarde llegó bien entrada la noche. Fue tanto el miedo que sentí, que esa noche, la única vez en mi vida, soñé que el diablo estaba sentado sobre mí, que estaba  tumbado en la cama, sin poder defenderme. El miedo era compañero inseparable de nuestras vigilias: cuentos de fantasmas, las sombras de los árboles, los muertos recientes, Silvestre el loco del saco. Los miedos eran también compañeros inseparables de nuestros sueños: las pesadillas.

Un  día, en la plaza del Pueblo, frente a la Iglesia, había mucha gente en torno a una imagen de la Virgen. Tuve entonces la idea de ir a contárselo a mi madre que estaba enredada en sus tareas de la casa. Entonces me condujo a una enredadera de embelesos azules que había en el patio de arriba y, cogiendo esas flores que tienen forma de racimo me decía: tú vas a la plaza y buscas a tío Antonio y le dices esta poesía. En seguida me la aprendí de memoria. Salí corriendo, descalzo, como siempre, encontré a tío Antonio y me subió a una mesa cercada al trono de la imagen. Se hizo silencio y pronuncié mi declamación: aquí vengo Virgen María, con este ramo de flores, que lo cogió mi madre en el huerto, para que me hagas un hombre. Mi tío Antonio me lanzaba al aire y  la gente expresaba alborozo por mi ocurrencia. Creo que hice la primera comunión con muy pocos años, seguramente con cinco. Aquel día estrené unas Imagebotillas de cuero que mis padres habían comprado en la fábrica de zapatos de Maestro Pedro Armas, en el Casco de Agaete. Me acuerdo muy poco de la misa y del acto de comulgar pero si recuerdo, como si me estuviera viendo, llegar a la puerta, quitarme los zapatos y salir corriendo para dejarlos dentro de casa. No recuerdo bien, pero supongo que el cura era Don Santiago, tío del que hoy conocemos como Chago el Cura. Nosotros jugábamos en la plaza de la Iglesia, donde también estaba la casa del cura, que llamaban el Curato. Pues este cura, un día de verano, nos reunió y dijo: vayan a la finca de Capote y coman los duraznos de sangre que hay en aquel duraznero. Nosotros fuimos corriendo y cogimos los duraznos y los comimos. El duraznero no era del cura sino de uno de los Manrique, y entendimos que el cura nos había mandado a robar al ricachón.

Mi maestro, D. Rafael Esparza, es una de las personas que recuerdo con un sentimiento especial. El me apreciaba mucho. Yo también le admiraba. Venía todos los días caminando, desde Galdar, por los Llanos

.Una vocación tremenda. Después para marchar procuraba coincidir con los camiones que transportaban el plátano recolectado. Era calvo. Se lavaba las manos al terminar la clase, con unas laminitas de jabón muy  gastado y con un papel se limpiaba el polvo de su extendida calva. Cuando marchaba, yo le acompañaba hasta mi casa y, siempre, hablaba conmigo cosas que me animaban al estudio. No llevaba a la escuela ni libro, ni libreta, ni lápiz. En los pupitres teníamos el lápiz, el pizarrín y la pizarra y, cuando ya éramos mayorcillos, la pluma y el tintero. El libro era la enciclopedia, que sólo tenía el Maestro. Lo fundamental era la pizarra de pared. Creo que era un buen alumno; pero nunca tuve buena letra sino que escribía como una reblugina. El Maestro me llamaba por eso letra de berguilla.  De mayor he pensado que uno de los fallos de mi escuela fue no tener clase de dibujo. No recuerdo cómo fui aprendiendo año tras año. Lo que sí sé es que cuando ya tenía cumplidos los 11 años fui a Las Palmas, hice el examen de ingreso en el Instituto de la Calle Canalejas y empecé el primer curso de bachiller en el Colegio Arenas.

ImageParte de mi infancia la pasé con mi abuela María. No sé por qué razón. Pero dormí algunos años con mi abuela y dos tíos solteros en la parte naciente de la última planta del Hotel Guayarmina que no estaba terminado. Pasaba mucho tiempo con mi tío Manuel que estaba dedicado a la finca y tenía siempre algunas reses que criaba para carne  en el gasto del Hotel. En una ocasión estuvo sorribando la huerta que teníamos en San Pedro para plantar plataneras; yo pasé mucho tiempo junto a él mientras él avanzaba en la sorriba. Lo mismo me pasó cuando encargó a un albañil de La Montañeta la construcción de una acequia en una de las Huertas de la finca de Los Menores. El albañil colocaba lajas con un martillo pedrero exuberante de rebaba, de viejo que era, y mi tío Manuel le buscaba las lajas en una pedrera cercana. Yo estaba siempre en torno a ellos y, cuando me lo indicaban, les hacía algún mandado. Por esto de estar mucho con mi tío Manuel, también escuchaba la radio, por la tardecita. Mi tío buscaba las noticias y recuerdo que eran muchas de éstas sobre la Guerra de Corea.

A juzgar por lo que he contado, pareciera que no hacía lo que principalmente correspondía a mi edad. En verdad que también jugaba con mis hermanos y los muchachos del Pueblo, principalmente, con los de San Pedro. No teníamos juguetes sino los fabricados por nosotros mismos. Una camioneta de berguillas, un carro con una pala de tuneras, el juego del agüilla: un estanque de barro y unas acequias que regaban los surcos de una huerta construido todo ello en la orilla del barranco.Y lo pasábamos pipa. También alguno de nosotros tenía un trompo o una pelota no mayor que una naranja. Jugar al futbol era pegar patadas a una pelota de trapos. Hacíamos “guirreas” con trozos de berol y jugábamos a cogernos saltando por las ramas de los árboles. También comíamos naranjas mientras, encaramados en la rama más alta,  el dueño pasaba por debajo de nosotros; también jugábamos a la laja, a modo de la petanca. Recuerdo también jugar en casa de tía Regina a la almendra. Nuestros juegos más traviesos eran fumarnos un cigarrillo de verdad o de barba de piña seca y cortejar a alguna de las muchachas coetáneas que se dejaban. Y bañarnos en los estanques. Un día mi madre supo que me bañaba con otros muchachos en el estanque del Puentillo. Llegó al lugar, cogió mi ropa, me gritó para que saliera del agua y, como dios me trajo al mundo, me echó a andar delante de ella hasta casa, caminando estimulado por los toquesitos de una hoja de pitera seca.

 


 " De adolecente soñaba con ser alcalde de mi pueblo "

 Si te pido que hagas un viaje a la infancia ¿qué es lo primero que te viene a la memoria: una imagen, un color, un olor, una canción?

  • El Espacio. El gran Valle de Agaete, sus grandes montañas, sus siluetas al atardecer, la Acequia Morá, por donde siempre corría el agua y en donde nos metíamos a dejarnos llevar por su corriente. La casa y su entorno, el barranco, principalmente cuando había llovido. La escuela con sus pupitres, la pizarra y el mapa de España. Los caminos, los árboles con fruta, principalmente guayabos.

 Cuéntame un momento muy feliz de tu infancia y uno que recuerdes con tristeza.

  • No recuerdo de modo especial ni la alegría ni la tristeza. Recuerdo más bien que cada uno de los días transcurrían llenos de actividades y, por tanto, a gusto. Valdría la pena retornar a la infancia para vivir de ese modo, lleno de vitalidad y de actividades que nos complacían casi siempre.

 Para dormir ¿preferías leer o que te contaran un cuento?

  • Creo que nuca leí libros para favorecer el sueño. Tampoco me contaban un cuento con este fin. Sí nos contaban cuentos los muchachos mayores sobre fantasmas o sobre cosas que habían pasado en el pueblo en tiempos anteriores. Sí recuerdo el arrorró de mi madre: “duérmete mi niño chico, que tu madre no está aquí, se fue a misa a ImageSan Antonio y ella pronto ha de venir”. Supongo que el canto de mi madre sería para adormecer a mi hermano el pequeño que tenía tres años menos que yo.

 ¿Recuerdas qué fue lo primero que leíste sólo: un libro de cuentos, un tebeo, un libro de aventuras? ¿Te acuerdas del Título?

  • Creo que nunca en mi infancia leí un libro como entretenimiento

 ¿De qué libro guardas un buen recuerdo y por qué?

  • No recuerdo que los libros que leyera significasen para otra cosa que para aprender en la escuela. El libro del que guardo un buen recuerdo es unosobre geografía e historia de Canarias, para estudiantes, que leí ya dentro de mi adolescencia. Lo leí, lo estudié y lo guardo con cariño.

 ¿Qué era lo mejor del verano?

  • Principalmente la fiesta de San Pedro, por el jolgorio y las golosinas. A parte de la fiesta, lo mejor era la fruta que encontraba en algunas fincas de familiares o amigos de familia, los nísperos de La Peña

 ¿Te gustaba jugar sólo o preferías la pandilla?

  • Mi grupo de juego eran principalmente los primos que vivían en el mismo caserío de San Pedro, ampliable a los niños de la misma edad del mismo poblado. Pero, como ya anoté en la relación de recuerdos, solía pasar también períodos largos con alguno de mis tíos maternos.

 ¿Recuerdas algunos de tus juegos favoritos con los amigos?

  • Mi casa estaba muy cerca del barranco y los juegos eran en este medio, jugando al agüilla, con los juguetes de berguillas y de palas de tuneras, a la laja como si fuera la petanca, etc.

 ¿Cuál es el juguete del que gurdas un especial recuerdo?

  • Quizás el de cogernos y a la pelota.

¿Qué te gustaba coleccionar de niño?

  • No tuve afición al coleccionismo.

 De los amigos de la infancia ¿conservas alguno?

  • Cuando niño, me hice muy amigo de un vecino, huérfano de padre y enfermizo. A medida que crecíamos, íbamos Imageperdiendo el contacto. De adultos apenas queda una buena relación cuando ocasionalmente nos encontramos.

 De pequeño, ¿querías ser como… personajes reales, ficticios, cercanos?

  • Con el amigo del que antes hablamos, solíamos ilusionarnos con ser camioneros, cada uno con el suyo.

 Cuando eras pequeño ¿qué soñabas ser de mayor?

  •  Cuando iba con mi maestro desde la escuela hasta que llegábamos a mi casa, él me hablaba algunas veces de esto, de qué iba a ser de mayor. Sólo cuando ya estaba avanzado en mi adolescencia me sorprendía ilusionado con ser alcalde de mi pueblo. Era el tiempo en que estudiaba en el seminario.

 ¿Se han cumplido los sueños de tu infancia?

  • Aun cuando mi actual situación de concejal pueda estar cumpliendo los sueños de mi infancia más tardía, creo que mi trayectoria profesional ha tenido poco que ver con ello. Creo que mi trayectoria religiosa y política tiene una clara orientación vocacional  que mira al otro, individual o colectivo.

 Si pudieras volver a ser un niño ¿qué tres cosas no dejarías de hacer?

  • Me gustaría volver a vivir la niñez como la viví en aquellos tiempos. Al menos me gustaría volver a encontrar un medio de mucha naturaleza y de juguetes y juegos inventados por nosotros y de días siempre llenos de actividades de diversa índole.

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NO PUEDO APORTAR FOTOGRAFÍAS  de mi infancia, porque difícilmente se producían en nuestros tiempos aquellos. Tampoco historias de viajes, porque entonces, casi el único transporte era el de San Fernando: un rato a pie y otro andando.

(He buscado foto de aquí y de allá y espero que le guste. Muy agradecida: Alicia Ramos)

 
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